Imaginé decirte éstas y otras cosas antes de dejarte en ese auto. Te las digo porque sé que corro el riesgo de no verte de nuevo y que eso sería mi mejor alivio en el caso de que no quisieras volverme a ver después de estas palabras. Y ahora siento pudor. Pudor de que leas lo que escribí para ti, porque haya intentado pensar en argumentos para persuadirte cada vez que aparecías frente a mi cara y mirándome. Yo te sonreía porque no podía hacer otra cosa. Porque una parte mía que estaba ahí, pensando en ti, se convertía en la vergüenza de saberme descubierto.
Pudor de que me veas, mirándote.
Pudor de que veas lo que hay dentro de mí cuando estoy y cuando no estoy contigo.
Cuando estamos y cuando no.
Cuando te adoro, porque mi corazón es como un perro grande, torpe e inconsciente de su tamaño, que ama sin límites y que mueve la cola cada vez que tú llegas.
Ten fe.
Tennos fe.
Tenme fe.
Ella leyó. Y volvió a leer. Se sonrió y luego sintió algo parecido a la emoción. Porque no estaba preparada para que le dijeran que sí de nuevo. Que alguien le pidiese que se atreviera, que saltara con él, que lo dejara estar ahí, con ella. Apretó el botón de respuesta y sólo escribió dos letras en aquel correo. Luego apagó el computador y la luz, y sintió cómo alguien la abrazaba desde el otro lado de la pantalla.
María Paz Rodríguez, Novela "Especial San Valentín" para Revista Mujer.
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